• Carmen con uVe

La historia de Gita


¿Os imagináis la historia de una niña que nunca ha visto el mar? ¿la de una niña que sabe que no será ella quien escoja a su marido? ¿Os imagináis cómo puede ser levantarse a las cinco de la mañana para encargarse de los animales antes de ir a la escuela? ¿Podéis recordar lo que sentisteis al subir por primera vez a un coche? ¿y a un ascensor?

Esta es la historia de una niña de trece años que nació en un pequeño pueblo de las montañas de Nepal. Su nombre es Gita y su historia es muy parecida a la de muchas otras niñas de diferentes rincones del mundo.

Gita tenía que caminar más de dos horas todos los días para llegar a la escuela que estaba en un valle diferente. Tenía que subir una montaña y bajarla por la otra ladera cada mañana. La época de lluvias era la más dura. Hasta que un día, con tan solo doce años, su familia la mandó a trabajar a casa de los Hamal, que viven a apenas 15 minutos de su escuela. Desde entonces, Gita ayuda en todas las tareas de la casa y la familia Hamal se asegura que ella cumple con sus obligaciones escolares. Lo que más le gusta es cuidar de Tabu y Abu, los pequeños de la casa, que son para ella como sus hermanos.

Gita proviene de las montañas, y como casi toda la gente de los pueblos de montaña nepalíes es budista. En cambio, la familia Hamal, que vive en la zona baja de la ladera, es hinduista. Gita es también de una casta diferente a los Hamal, una casta “inferior”. Afortunadamente, eso parece no importar a nadie en este hogar y Gita se siente muy querida. Ella dice que los Hamal son su segunda familia.

No fue fácil entablar los primeros contactos con Gita. Es una chica muy introvertida. Apenas conocía unas palabras de inglés cuando llegamos y aseguraba que era la asignatura que menos le gustaba de todas. Afortunadamente, muchas veces, el lenguaje de las sonrisas y las miradas es suficientemente para romper barreras. Ella poco a poco nos iba mostrando su aprecio con detalles como esperarnos para bajar juntos el camino que nos conducía a la escuela. Nosotros siempre hablando. Ella asintiendo y sonriendo, siempre en silencio.

En la escuela, en la clase de Gita.

El silencio de Gita era atrayente. Quería conocerla, saber más sobre la historia de esa niña que con tan sólo 12 años se tuvo que ir a servir a casa de otra familia. Me recordaba a las historias que me contaba mi abuela sobre compañeras suyas del colegio que se tuvieron que ir a servir a las ciudades. A veces el destino guarda sorpresas y el primer fin de semana en Palung, Ba nos invitó a Gita, a Efrén y a mí a visitar Hetauda.

Era la primera vez que Gita visitaba una ciudad. Nunca antes había dejado el valle. Se vistió con sus mejores galas. ¡Estaba radiante con su vestido amarillo y negro. Del viaje a Hetauda guardo buenos recuerdos y muchas anécdotas. Una de las más graciosas fue cuando me di cuenta que era la primera vez que Gita se subía en un coche. Nunca olvidaré su cara de desconcierto cuando le pedí que por favor abriese la puerta del jeep. Tampoco podré olvidar nuestra tensión cuando nos dimos cuenta que iba sentada en el medio y que conducíamos por una carretera llena de curvas infernales. Ella en todo momento aseguró encontrarse bien aunque su cara opinase diferente. Cierto es que nunca pidió una bolsa, pero en cuanto el coche hizo un parada en el camino, Gita se bajó tan rápido como pudo y se escondió detrás de unos árboles. Un par de horas más tarde estábamos en Hetauda, cogiendo un tuk-tuk, segunda aventura de un día lleno de sorpresas para ella.

Efrén y Gita en el tuk-tuk después de un largo viaje

En la casa de Hetauda viven la mujer de Ba, Ama (que significa madre), y sus nietos Sanjana y Sarjae. Sanjana tiene también 13 años, la misma edad que Gita, aunque es mucho más alta que ella. Sanjana ha crecido en la ciudad, estudia en un colegio privado y tiene televisión en casa. Sanjana, que recibe una educación mejor, puede hablar con nosotros en inglés sin muchas dificultades. Además es una niña muy extrovertida y curiosa. Aprovecharía esta visita para conocer todo lo que pudiera sobre nosotros y sería como un libro abierto para todas mis preguntas.

A Sanjana no le gusta lavar la ropa a mano y se le da muy mal ayudar a su abuela con la huerta. En cambio le encanta cantar y bailar, vestir ropa occidental y nadar en la piscina. Sanjana tiene muchos sueños y quiere convertirse en ingeniera. Sueña con subirse un día a un avión y viajar a Londres. Allí quiere descubrir el mundo donde las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres, todo el mundo tiene coche y la ropa se lava en la lavadora. Tiene alma de luchadora. Seguro que se conseguirá todo lo que se proponga.

A pesar de haber nacido en el mismo país, el mismo año, y a sólo unos kilómetros, la historias de Gita y Sanjana son muy diferentes. Aún así, ellas se gustan, se entienden y se lo pasan bien juntas.

Gita y Sanjana lavando la ropa mientras los niños juegan a criquet

La mayor parte del tiempo que estuvimos en Hetauda lo pasé con ellas. Nos tocó cocinar, lavar la ropa (a mano, claro está), atender la huerta de Ama… Mientras tanto Efrén disfrutaba jugando con los niños, que en este país tienen muchas menos responsabilidades que las niñas. Durante las conversaciones con las chicas aprendí mucho sobre la vida de las mujeres en Nepal. Sanjana me llenaba de preguntas. Quería saber como eran las cosas en mi país. Se revelaba contra la posición de la mujer en Nepal. Ella también quiere ver el mar, subir en un tren, en un avión…

A Gita estas preguntas le causaban gracia e incluso incomodidad. Parecía no entender porqué hablábamos de eso. En aquellos días Gita hacía las preguntas a Sanjana, no a mí. A ella le llamaba la atención la vida de Sanjana, de la ciudad, de su colegio, su ropa, su maquillaje… Incluso se dejó convencer por ella para vestir unos vaqueros, un jersey con la bandera de Inglaterra, unos tenis y un poco de maquillaje. Luego le daba tanta vergüenza que nos costó convencerla para que saliera de casa de esa guisa. Al final presumió como cualquier chica de su edad, se sacó fotos con las flores en el parque, visitamos el centro comercial, nos subimos en el ascensor (que era toda una aventura para aquellos chicos) y yo no perdía detalle de sus reacciones. Es fascinante ver cómo alguien se abre a un mundo nuevo y desconocido.

Descubriendo Hetauda con los mejores guías

Las preguntas de Gita hacia mi vinieron días después, cuando ya tenía más confianza. Gita me preguntaba si me gustaban las flores. Le había dicho que me encantaban las mariposas y un día mientras recogíamos agua para regar el campo atrapó una y me la trajo. Era su forma especial de demostrarme cariño. También empezó a preguntarme por mi matrimonio. Quería saber si era de amor, si me gustaba Efrén. En Nepal, así como en India y otros países, los matrimonios concertados son aún muy comunes, así que la pregunta de “¿matrimonio concertado o de amor?“ es muy recurrente. Poco a poco hay familias que ceden el poder a los hijos, aunque son muchas (sobre todo en las zonas rurales) las que aún siguen la tradición. Hay que casarse con alguien de tu misma casta, de tu misma región, cuyas familias se entiendan… Y ellos lo aceptan, porque es lo normal, lo que toca. Gita ya sabe que algún día sus padres le anunciarán con quien le tocará casarse. Si tiene suerte, escogerán un chico amable y podrá formar una bonita familia, como la de muchas de las familias que encontramos en Nepal.

Las semanas iban pasando y Gita cada vez pasaba más tiempo con nosotros, especialmente conmigo. Nos esperaba al volver de la escuela y venía todo el camino repasando las palabras de inglés que le habíamos ido enseñando. También nos venía con preguntas nuevas, que probablemente preparaba con Yuna Y Samjhana mientras estaban solas. Yo, empecé a interesarme por su familia biológica, por su lengua, por su cultura. Me enseñó algunas palabras y sentí que apreciaba que alguien se interesara por sus cosas, las del otro lado de la montaña, las que son solo suyas. Su silencio se había roto y era una niña aún mucho más sonriente.

Efrén provocando a Gita

Las últimas noches en Palung nos pidió ayuda con sus deberes de matemáticas. Pasábamos horas calculando con ella ángulos, haciendo fracciones… y disfrutando de esos momentos con Gita. Las matemáticas se le daban mal y lo más probable es que no consiguiera pasar los exámenes este año. Aun así creo que Gita aprendía otras cosas durante nuestras clases particulares. Aprendía de cariño, de respeto y amor. Y de inglés, que según decía pasó a ser su asignatura favorita.

Efrén y Gita haciendo los deberes

Detrás de nosotros vendrán muchos otros voluntarios y compartirán tiempo con toda la familia. Estoy segura de que con el tiempo Gita aprenderá como el resto de la familia Hamal a disfrutar con cada visita, a compartir risas y buenos momentos y a descubrir nuevos horizontes a través de sus historias.

Esta es la historia de una niña de trece años que nació en un pequeño pueblo de las montañas de Nepal. Su nombre es Gita y su historia es única, como la de todas las niñas del mundo.

Gracias, Gita.

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